domingo, 26 de febrero de 2012

El pasado y el Yo

Publicación automática.


El pasado tiene gran efecto en el Yo.

Recuerdo la ocasión en la que un día en Navidad me encontraba llorando y un amigo fue a invitarme a su casa y me descubrió así por la ventana. Hay ese recuerdo, lo que este Yo tradicionalmente dice de ese recuerdo y lo que ahora el Yo dice pero todavía no está instaurado en la memoria.

El recuerdo de esa Navidad vivió en su momento en mi mente por un vacío personal, y así estuvo, yendo y viniendo, desde mi memoria. Ese vacío personal tiene-tuvo su peso propio, pero, si se lo mira bien, lo que más peso estuvo teniendo en todos los momentos hasta un ahora fue ese ir y venir del recuerdo. El trayecto que forja ese ir y venir es otra faceta de un recuerdo.

Un vacío personal es algo así como un reto que se dejó de lado y que consiguientemente no fue atendido o tratado. Puede ser presente o pasado. Si el vacío personal es en un presente, en principio no hay demasiada complejidad. Si el vacío personal es de un pasado, habrá que explorar la memoria, desvestir los dichos que uno tiene de esa memoria y darse cuenta de no seguir con la misma operación, a fin de poder observar su contenido tal cual es. Cuando el reto no atendido es del pasado, uno no lo puede ver sino a través de los efectos que produce, por lo general, dolor psicológico en sus diversas formas: miedo, frustración, tristeza, depresión, etc.; es importante destacar que los tópicos de un vacío personal (aquello de lo que hablan) pueden ser distintos uno de otros. Asimismo, existe un asunto sutil: la cualidad de un vacío personal, aquello que permite que exista, es siempre la misma. Los vacíos personales pueden hablar de distintas cosas hacia adelante, no obstante, hacia atrás, hablan de una misma cuestión, esto es: el modo en que una persona encara su presente. Un vacío personal se constituye en un presente, nunca en el pasado o en el futuro.

Me doy cuenta que el pasado en este caso actúa en mí como en dos niveles: por un lado, este ir y venir de ese recuerdo es una tradición, un hábito, que ha venido sucediendo por lo menos una vez cada dos meses desde hace 10 años. Por otro lado, lo que yo me digo de ese recuerdo también es otra tradición. Cada vez que este recuerdo viene, yo me digo algo específico, aunque no del todo explícito. La manera en la que este decir actúa es como viviendo en la periferia de ese recuerdo. Este decir forma su propia raíz y sobrevive astuto en esa periferia. Las palabras que emergen con este recuerdo ya son parte del escenario común de él. Así, tengo dos tradiciones: la de recordar y la de señalarme algo específico de ese recuerdo.

Puedo darme cuenta que el pasado sí es un todo completo con una gran fuerza que, en lo mínimo, actúa dos veces (aplicable a recuerdos como el mencionado en esta ocasión solamente) existiendo también un pasado del pasado. O sea que, así como en otras cuestiones, el pasado también actúa en distintos niveles hacia lo profundo de la mente: hay recuerdo del recordar y recuerdo de lo que se dice al recordar y recuerdo del recuerdo...

Pero no nos compliquemos. Este es un esbozo que invita a considerar la fuerza invisible del pasado, el cual no actúa en un solo nivel sino en varios simultáneamente y señala que la memoria es recuerdo de algún hecho o situación y diálogo periférico sobre todo aquello. La importancia de lo que se pudiera decir está en que el interlocutor lo vea por sí mismo.


Ver sin filtros es comprensión.