El problema y la Declaración


Tenemos el desafío, que tal vez sea un problema o un inconveniente, esta tremenda cuestión que quema en el interior, algo que aparentemente no deja llenar el vaso de una vida globalmente saludable. Tenemos el desafío, pero, la declaración queda corta. La declaración 'desafío', 'problema' o 'inconveniente', es una parte ínfima de este intempestuoso mar y ello parece no alcanzarse suficientemente con esa simple declaración. Si la declaración de todo cuanto nos pasa, en la simbología de este desafío, no expresa la realidad, el hecho en sí, sino que más bien la acorta, entonces la declaración debe ser entendida en su limitación. Nombramos al problema pero el nombre no es el problema, el hecho es inmenso y el nombre algo sumamente ínfimo. ¿Qué podemos hacer si al nombrar el problema, ese mismo nombre no es un acierto? La declaración es limitada, es un sonido, una palabra, un pensamiento, es la etiqueta y el nombre y, parece ser que, en la representación, en la intermediación entre el nombre y lo nombrado, entre la declaración y lo que es, hay un largo trecho, una gran distancia. La declaración no es el hecho y uno quiere empezar por la declaración, que es todo lo que tiene consigo. ¿Podemos vislumbrar otro comienzo que no sea una declaración del desafío, del problema o del inconveniente?

Yo tengo este problema, esta cosa que es tremendamente urgente, algo que es un impedimento para el paso siguiente, ¿qué he de hacer con este nombre si me doy cuenta que el mismo nombre no hace justicia al hecho que desea expresar? Este hecho lo impregna todo, parece no estar quieto, aunque se mueve bajo un mismo eje todo el tiempo, y si bien es limitado, porque el hecho es sólo eso, parece tener una cualidad de dinamismo que lo hace inatrapable, al menos en la apariencia más inmediata. Y yo le pongo un nombre y hago una declaración. Me tengo que dar cuenta que la declaración es una caja de zapatos y que el hecho, que es su contenido, es un estadio de fútbol. Tengo que estar atento en la declaración para que ella no sea un impedimento, no sea una traba, no forme parte de no poder dar el siguiente paso. Debo dudar de mi declaración, debo dudar del nombre, del inconveniente, de la representación y de todos los intermediarios hacia el hecho. Este escepticismo es el primero paso y algo saludable desde el inicio.

¿Podemos ver el desafío, la piedra en el camino, sin la declaración y sin el nombre? No porque alguien lo haya dicho o porque uno tiene afinidad con la afirmación; tampoco porque se haya leído por ahí, porque el asunto brinde a uno un ideal el cual perseguir o por algún extraño sentimentalismo; no por todo eso: sino, ¿podemos ver el desafío, el hecho, la cosa en sí, sin el nombre, porque uno se dio cuenta cabalmente, en la propia soledad y anonimato, de que el asunto es enorme y nombrarlo es limitarlo?

1 comentario:

Juanjo Rubio dijo...

Estás muy profundo, amigo.
Un abrazo.