La pared en blanco o sobre la exploración del Yo (2)

Continuación de la entrada anterior acerca de La pared en blanco o sobre la exploración del Yo (1).

¿Estoy funcionando desde esta “investigación” con una condición? ¿Está condicionado todo este abordaje, todo este interés, toda mi iniciativa? ¿De qué manera la repetición continuada (que es condicionamiento) está influenciando en esta especie de espera por una satisfacción, en esta suerte de investigación?

Yo veo una gran influencia que especulo se relaciona con este supuesto condicionamiento: mi Yo se cree todo lo que él se dice casi siempre, y, más aún, cuando no está consciente de sí. Mi Yo se ve afectado por las influencia que ejerce el hecho de creerse lo que él mismo se dice. Y esto es clave. Yo sólo me cuestiono mis propios pensamientos cuando estoy consciente de que los tengo, y lo que se repite con toda frecuencia es que no me cuestiono los pensamientos que me emergen cuando no me estoy prestando atención. Y los pensamientos que he venido teniendo, a los que he adherido sin cuestionamientos, son lo que me dicen que conocerme a mí mismo me traerá cambio y satisfacción y, por eso, quiero conocerme. Y es tan extraño descubrir que repetirme esto sin la participación de mi atención haya forjado un criterio sin ningún fundamento, algo tan vivo que es nada más y nada menos que un vidrio desde donde se ve. Así, por todo lo anterior, ha surgido mi deseo de conocerme. ¡Qué loco!

Sinceramente, con todo el movimiento del pasado que uno trae al presente, se vuelve tremendamente complejo todo el asunto de la propia exploración. Realmente, uno no es del todo inocente a la hora de observarse a sí mismo: la propia observación acostumbrada viene viciada. Y ya se sabe que un ojo manchado lo verá todo con manchas... Entonces, ¿qué queda, si hasta la más mínima intención de conocerse puede estar totalmente embarrada? Bruce Lee ensayó una respuesta: Deshazte de lo que no es esencial.

La propia observación está cargada, repleta, de cuestiones que conforman el Yo, que no deja ver lo simple. Si alguien más desea conocerse a sí mismo, lo que le queda es un camino de resta, no de suma, de quitar, y no de agregar. Y si se lo piensa con detenimiento, puede que se descubra como inadecuado el enfoque que lo coloca a uno mismo como susceptible de ser un dato el cual agregar al cajón de la memoria. Un dato es algo muerto, estático, que ya no se mueve. Y un ser humano es algo tremendamente vivo, nuevo, movimiento de aquí para allá, mucho más que un mero dato que diga "me gustan las pizzas" o "los días nublados son aburridos". Vivir al Ser no tiene memoria*.

Uno no puede acercarse a sí mismo si no pule el cristal en virtud del cual hará una visión de sí. Ese cristal es un combo de imágenes, pensamientos, recuerdos, sentimientos, emociones y más pensamientos, todo lo cual conforma el Yo. Si esa visión está cargada, entonces, hay que descargarla; si ya está el camino trazado del Yo habitual, hay que desandar los pasos. El camino es uno negativo, de resta. De esta manera la mirada hacia uno mismo, el santo acercamiento, la exploración del Yo, puede subirse al vehículo de la sensatez, descubriéndose en sus propias trampas y describir la línea clara del pecho producto de dar en el blanco. Porque cuando uno se conecta con lo que «es» uno mismo, algo le sucede al pecho, la resta hace liviano el cuerpo, y el pecho humano lo siente.

Y debo hacer una salvedad: todo lo que se ha escrito aquí aparecerá a quien lo lea como el producto de un abordaje intelectual, de pensamiento con más pensamiento; y, para el ocasional lector, si no investiga por sí mismo, con esta intelectualidad escrita aquí, solamente llegará a los lugares conocidos. Uno debe tener el valor de explorarse a sí mismo. Sólo basta de una intención impecable. Las palabras son un cartel que señalan algo, pero jamas lo señalado. Y aquí, con este texto, medio intelectual, se quiere señalar algo (muy subjetivo, por cierto). Ahí está el dedo señalando.

Por último, sólo recordar, en este caso recordarme yo, lo siguiente: que si bien he logrado darme cuenta que también estoy siendo y actuando en los momentos en los que este estar siendo y este estar actuando no es consciente para mí, existe una inmensa piedra filosofal haciendo de sustento a todo el misterioso conjunto de lo que cualquier Yo es en este mundo, y la pared en blanco sigue intacta, esperando desvelarse ante el gran descubrimiento. En un camino sensato [¿de auto-descubrimiento personal?] uno debe encontrarse consigo mismo de manera que sea amigo de sí. Sólo en esta actitud de amistad con uno mismo se puede tener la paciencia para el abordaje y la exploración, benditos pastos verdes y no más paredes blancas.
¡Un saludo!

* Tema de otro post.