La emoción domina al pensamiento (1)

En esta ocasión hablaré de cómo una emoción controla el pensamiento.
Diré lo que es una emoción. Distinguiré al pensamiento como si tuviera tres niveles. Daré ejemplos.
Al final de la lectura una persona sabrá cómo hacer para renovar un estado de ánimo bajo y entenderá por qué éste se continua con el tiempo.
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Por ahora, esta serie se dividirá en cuatro partes:

Una emoción es una inyección química de adentro del cuerpo hacia adentro del cuerpo y la jeringa que la conduce -siguiendo con la analogía- bien podría ser uno de los elementos constitutivos de nuestra mente: el pensamiento consciente e inconsciente. Las emociones se diferencian de los sentimientos porque las primeras tienen un relieve de intensidad que se continúa por un periodo relativamente corto de tiempo; en cambio, los sentimientos, son ese estado en el que uno entra al dar orientación a un cierto tipo de pensamiento en una línea continua de tiempo. Emoción y sentimiento se igualan en tener un mismo disparador: los ya mencionados pensamientos.

Según lo veo yo en mí mismo, hay unos cuantos niveles de pensamiento que inscriben una emoción:
- Cuando uno piensa y se da cuenta que está pensando (por ejemplo, al leer un texto e ir captando lo que éste dice);
- Cuando uno piensa y no se da cuenta que está pensando;
- Cuando uno piensa y no hay pensamiento distinguible.


Pensar y saber que se está pensando

Ahora mismo puedo hacer lo que quiero con mi pensamiento: puedo pensar en una calesita que da vueltas y la pienso con palabras, como si fuera que estoy hablando, y la pienso en imágenes. El pensamiento por palabra/voz y por imagen (pensa-imagen, imagensamiento, thougimage) es una actividad por demás común en mi mente y su combinación es intensamente potente tanto a nivel consciente como a nivel inconsciente. El pensamiento por voz y por imagen, thougimage, es el resultado de trasladar una actividad lingüística a un entorno mental (pensamiento por voz, por palabras) y de imitar, de alguna forma, el sentido de la vista bajo la facultad atribuida de poder imaginar, todo esto de forma combinada.

Cuando pensamos y sabemos que estamos pensando, cuando extraemos de la actividad pensante una cuota considerable de atención estamos participando del ámbito común de nuestra parte consciente.

Si en la mayoría de un tiempo dado yo me doy cuenta que estoy pensando, estoy en este nivel de pensamiento que describo: el pensamiento consciente.

Pensar y no saber que se está pensando

Me ha pasado un montón de veces tener intenciones de estar prestando atención a una cosa y, en realidad, estar atento a otra. Por lo general, después de un tiempo prudencial de lectura me voy cansando de leer y en algunos párrafos del texto me encuentro que, si bien no dejo de leer con la mente en ningún momento, estoy pensando y atendiendo a otra cosa. Es como un fenómeno de simultaneidad que si lo quiero hacer conscientemente no me sale, sólo sale de manera inconsciente (ignoro si habrá algún tipo de práctica para entender y reproducir esta particularidad, e ignoro a su vez la utilidad que esto pudiera tener).

Yo creo que esta simultaneidad es muy común y nos pasa a todos. Quizás un ejemplo que grafique esta situación pueda ser lo que sucede cuando uno, simplemente, está distraido. Digamos, en clase de química o matemática (lo que a mí me resultaba aburrido): se escucha al profesor, y de hecho en sólo breves espacios de tiempo uno le presta atención -lo mínimo para estar seguros de que el profe no se va a dar cuenta de que nosotros ni bola*-, sin embargo, uno está en otro lado pensando otra cosa. Tal vez estos momentos de distracción sean algunas veces tan intensos que uno, literalmente, no está en clases y es ahí cuando, si se da cuenta de nuestra distracción, el profesor dice: alumna Gutierrez, deje de estar en la luna.

Esta simultaneidad tiene que ver sólo con la consciencia y atención del instante presente y depende de a dónde se dirige nuestra atención y cuál es la circunstancia superlativa del momento. Es decir, hay algo socialmente más importante en un momento y, en ese mismo momento, nosotros prestamos atención a otra cosa. Cuando nos damos cuenta de la distracción y queremos volver, retomamos la consciencia hacia la circunstancia superlativa actual y todo se inscribe en la normalidad de los asuntos pero con la gran particularidad de nunca, en el instante mismo de la distracción, haber dejado lo otro de lado. En el ejemplo de cuando yo me canso de leer, sigo leyendo con mi voz mental pero efectivamente estoy pensando simultáneamente en otra cosa. No obstante ello, yo no me doy cuenta que estoy pensando en esa otra cosa sino sólo cuando advierto que leyendo estuve orientando mi atención hacia algo que no era lectura. Ahí, la simultaneidad deja de ser y la actividad que elijamos prioritaria -si leer o dejar de hacerlo- toma su curso común.

Si en un tiempo dado yo me doy cuenta que estuve pensando pero no me percaté de ello mientras lo hacía, estoy en este nivel de pensamiento que comento: el pensamiento no-consciente.

* Ni bola quiere decir: no hacemos esto, esto y esto y, encima, ni prestamos atención siquiera.

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